El llamado machismo es otra de las herencias recibidas, a través de las diversas culturas, de los indoeuropeos primitivos; de aquí pasó, con variantes, a las diferentes civilizaciones en donde los arios tuvieron su definitiva influencia. De ahí que el machismo sea común y recalcitrante en la sociedad llamada civilizada u occidental, aunque la herencia machista se manifiesta férreamente entre los semitas. El concepto patriarcal pasó a través de los mitos, la cultura, la ciencia y, especialmente, por medio de la religión. La máxima expresión de este concepto se ve claramente en el mito bíblico, en donde Yahvé, el dios guerrero de la tribu judía, hace a la mujer de una costilla de Adán, lo que implícitamente la hace inferior y, por ende, sometida a la voluntad del macho. En sí mismo, los votos matrimoniales supeditan férreamente a la mujer a la voluntad del esposo, hasta que la muerte los separe y estar fieles en la enfermedad y en la salud. Bueno, no se trata de hacer una exposición con profundidad acerca del tema, sino que podemos darnos cuenta de que el concepto de machismo indoeuropeo también pasó a través de la lengua. Recordemos que la lengua es el vehículo por el cual el ser humano crea sus diferentes manifestaciones culturales. La idea de la sociedad machista quedó incrustada despiadadamente en el islamismo, se manifiesta, aunque con menos rigor, en el judaísmo, y tuvo su máxima expresión de perversidad en el cristianismo hasta, más o menos, la realización del Concilio Vaticano II a mediados del Siglo XX, aunque antes de esta época ya se hacían los primeros intentos de la liberación femenina.
Pues bien, debido a lo anterior, y exponiendo el propósito verdadero de esta columna, dije que en el lenguaje, y en nuestro caso hablando del idioma castellano, la manifestación machista pasó de forma oronda por entre los desmadrados vericuetos de la palabra. De ahí que en los libros de filosofía se habla de "el hombre", para referirse a la totalidad del género humano, incluidas, por supuesto, las mujeres, así no se les tenga en cuenta sino en el oficio de la procreación al estilo misionero. Los niños, fueron en realidad las niñas y los niños en su conjunto. Las profesiones eran en su totalidad exclusivas de los hombres, así que todavía solemos escuchar esa cosa tan horrenda de "la doctor", "la ingeniero", y, sin embargo, "el periodista" no es necesariamente "la periodista", por esos caprichos arbitrarios del idioma que nos enseñó que la terminación en a, expresa el género femenino. Ahora, veamos estas perlas del eufemismo, evolución en contra del arcaísmo, según los indómitos entendidos: Los adultos y las adultas mayores, para decir los viejitos y las viejitas, o, los viejecitos y viejecitas y los ancianitos y ancianitas. Bueno, antaño se decía "los viejos", género machista para expresar que eran las personas de ambos sexos, mayores de cierta edad. Oh, sorpresa, hace apenas algunos días escuché que ya no vana ha existir los loquitos y las loquitas, los bobitos y las bobitas, que tanta identidad le daban a los pueblos, sino que ahora solamente habrán discapacitados mentales. ¡Nada de bromas!
Pues bien, como es bien sabido, el castellano es un idioma romance, es decir hijo espurio del latín de Cicerón, que el vulgo de la soldadesca implantó, mal hablado, en los territorios conquistados. De adenda, recordemos que los romanos fueron indoeuropeos, sin olvidar que entre ellos la mujer estaba dedicada a la muy noble y abnegada tarea de procrear como las abejas reinas, así a Popea la conozcamos por la costumbre de, dizque, bañarse en leche de asna. De tal suerte que el idioma castellano se quedó, como sus hermanos, sin género dual, es decir, uno que sea capaz de expresar que ahí están implícitos el género masculino y el género femenino. Pero en tiempos pretéritos no era necesario, porque las mujeres estaban condenadas, por si acaso, a permanecer encerradas tejiendo o cocinando, y el único contacto social espontaneo era el de asomarse por la ventana furtivamente, (recordemos a Romeo y a Julieta) a contemplar apaciblemente el mundo injusto. Las damas de alcurnia eran presentadas en sociedad en elegantes fiestas, a donde asistían como con veinte trajes encima, protegidas contra las miradas morbosas de los caballeros; nadie le conocía a tal o cual señorita siquiera el tobillo, y lo máximo que mostraba del mentón hacia abajo era el cuello adornado con diamantes. Aun, las más dignas cubrían sus rostros con velos que disimulaban la realidad de su belleza… Pero esos eran tiempos pasados, que hoy en día nos parecen aburridos, además de anacrónicos. ¡Qué oso tratar cosas de cuchitos!
Volvamos pues al tema, sí, en castellano no existe el género dual, y ahora con lo de la llamada inclusión de género, se exige la integridad referencial de señalar que ahí están por separado, verbigracia, las amigas y los amigos, ¿ven? Analicemos esta expresión: yo los vi pasar la calle. De entradita, suponemos que ahí, en el grupo que vi pasar, hay personas de género femenino y personas de género masculino, aunque los es: Forma de acusativo de 3ª persona en masculino plural de el. No admite preposición y se puede usar como enclítico. Los miré. Míralos, en este caso, entes masculinos, mientras que para el femenino se debe decir: las ví. Sin embargo, ahora se acude a utilizar el dativo le como acusativo para expresar una especie de género dual. Recordando un poco, el acusativo no exige el complemento, así que se puede decir, por ejemplo, le di el libro o dele de comer, sin importar si es a alguien de género femenino o de género masculino; mientras que el dativo exige, o al menos, pregunta, el complemento. Le dije , sí, ¿pero qué le dije? En síntesis, el dativo le es dual, mientras el acusativo le es singular y masculino. Estos enredijos fascinantes del idioma son los que hacen que los pelados y las peladas le tengan fobia a la lingüística, como a todo lo que tenga que ver con estudio, habrá sus excepciones, pues.
En ese afán de estar a tono con los nuevos modelos culturales de la contemporaneidad¸ hasta justamente se ha decidido aplicar la inclusión de género al momento de hablar o de escribir, teniéndose que acudir a una serie de maromas idiomáticas para aplicar la inclusión de género, y no ir a ser acusados de discriminadores sexuales, discriminadores, no otra cosa. Me parece que lo que resulta molesto es cuando se escribe dicha inclusión de género, más cuando la norma prima del idioma exige la mayor extensión lógica en la menor extensión gráfica y fonética. Siempre me he preguntado, por ejemplo, ¿qué hacer para no tener que decir o escribir las niñas y los niños? ¿Cómo decir que en una sola palabra, incluso con su artículo, las niñas y los niños? Como hombre y mujer son heteronimias, así como toro y vaca, o como caballo y yegua, nos señala a las claras que una lengua no es lógico-digital¸ sino racional-arbitraria, que surge más del contexto en que se digan o se escriban las cosas, que en las normas con muchas excepciones; debido a esta circunstancia, una computadora no es capaz de corregir gramatical ni ortográficamente al cien por cien, o al ciento por ciento, como decimos por aquí.
A pesar de mi contacto y hasta sobrevivencia de estos aparatejos llamados computadores, computadoras u ordenadores, me ha parecido un esperpento eso de colocarle a la palabra el signo de arroba para expresar el género dual. Así que horrendamente veo escrito: los niñ@s, y hasta en un grafiti vi: "Por los derechos de los obrer@s" y, " liberen a los prisioner@s políticos" Si aplicáramos una denotación cultural, pues ese signo de arroba, que además es una a femenina "a" envuelta en un circundante manto, en donde uno desprevenidamente lee que son obreras, sobraría a todas luces. Si de manera subjetiva, y hasta dogmática, no aplicáramos la inclusión de género, pues es lógico entender que son los prisioneros y las prisioneras, porque es lógico que hay tanto hombres presos políticos, como mujeres presas por política, así se les achaque un delito diferente al de pensar libremente. ¡No a al horrendo signo de @ para expresar el género dual! Solamente me gusta como identificador del correo electrónico. Y para los abuelos (incluidas también ahí las tiernas y alcahuetas abuelitas) hasta les recordará una arroba de algo y hasta un quintal de otra cosa. Viendo el diccionario, leo que @ es el signo que identifica una dirección de correo electrónico, pero en ningún lado indica que es la terminación del género dual, en donde, para colmo de males, el artículo de semejante adefesio es generalmente masculino: los amig@s, los obrer@s. ¡Horror!
Con el cuento de la inclusión de género ahora se oye comentar a las gentes ( pluriplural ) del lugar de la señora presidente, como si existiera el señor presidento. Se oye decir la gerenta, (aquí Word me marca error ortográfico), como si existiera el gerento (me vuelve a marcar error). De tal suerte, que para ser como un tantico ortodoxos, no existe la necesidad de escribir o decir la gerenta o la presidenta, pues la terminación en "e" en castellano no expresa ningún tipo de género, ya que éste lo da el artículo: la presidente, está bien escrito y dicho, y aquí MS Word no me marca error, corroborando la sensación que tengo al respecto. ¡Adiós, entonces, a las presidentas y a las gerentas, y quedémonos con las presidentes y las gerentes! Bueno, eso sí, si ustedes quieren, como ya les dije, (y no como ya se los dije). Por otro lado, todavía escucho decir: la médico o la ministro, y aunque Word no me marca error, no está bien dicho, aunque, siendo justos, Word no me marca error cuando escribo la médica y la ministra. Acudiendo al diccionario, sin embargo, las terminación en "e" para el masculino y en "a" para el femenino de gerente y presidente, son admitidas, pues, en realidad el uso del idioma, al ser arbitrario, racional y enmarcado en un contexto cultural o instantáneo, es el que, en últimas, se plasma en las versiones académicas de cómo se habla. Recordemos que las acepciones femeninas de presidente, coronel o concejal, entre otras muchas (presidenta, coronela o concejala), se aplicaban antaño a la esposa del caballero que desempeñaba tal dignidad, y no expresaba la misma connotación que ahora posee, cuando ellas sí desempeñan tales calidades, todo debido a la liberación femenina que ha conducido pomposamente a la inclusión de género. Para finalizar este párrafo, señalo que las terminaciones de los nombres (sintagmas nominales) en "ente", se derivan más del participio del presente latino que de un género, y en tal sentido, pueden expresar dualidad al asimilarse al género y al número en castellano, lo que por esa terquedad de ser lógico puede adoptar un morfema extraño al origen antiguo. Presidente, en estricto sentido significa quien preside, sin importar si es hombre o mujer; lo mismo sucede con gerente, que es quien gerencia.
Ahora viene una proposición, más en broma que en serio, porque ante la terquedad de la gente a hablar como cree o le parece, lo que es normal, por supuesto, en el lenguaje común o coloquial, más no en el habla técnica, especialmente la preriodística, lo que voy a decir, no puede ser más que algo descabellado, o un simple ejercicio lúdico. ¿Cómo les parece a ustedes, señoras y señores, si creamos un morfema que exprese dualidad? ¿Cómo? Así como lo oyen, o… lo ven escrito. Sí, podríamos crear un morfema con cierto sentido lógico que exprese en una palabra y en un artículo, porque en castellano generalmente los sustantivos exigen un artículo, que ahí están incluidos, de una, los entes de género femenino y los de género masculino. Yo propongo que sea "i", pero bien podría ser otro. Las palabras (fonemas) de por sí no significan nada de nada, y si repetimos una palabra varias veces, notamos que comienza a perder el significado prístino, hasta el punto de que no nos expresa nada, sonándonos totalmente desconocida o hueca, carente de sentido. Es circunstancial que signifique de por sí algo, así como las letras, pues son de carácter arbitrario y contextual. Si escucho decir SÍ, pues entiendo que es una afirmación, pero si es un angloparlante quien escucha el SÍ, entendería que le están hablando del mar (la mar). No me cambie el tema y salga de su digresión, amigo. Bueno, vuelvo a mi propuesta del morfema "i" para inventar el género dual en castellano o español, como les gusta decir a algunos.
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