LA HORA CONQUISTADA


Si me matan

resucitaré en el pueblo salvadoreño!

¡Que mi sangre

sea semilla de libertad!

Monseñor Oscar Arnulfo Romero

El padre Segundo Benedicto estaba sentado en el escritorio de su despacho cuando sintió afuera el ruido de los automotores. Hizo un breve gesto de sorpresa, se incorporó y se asomó a la ventana. Varios vehículos camperos artillados de ejército hacían su repentina incursión al pueblo. "Es el colmo, ¿hasta cuándo parará todo esto?", se preguntó el religioso, pero inicialmente su corazón no albergó ninguna sospecha grave, más que una inquietud recóndita. "No es bueno que vengan los soldados, es un mal signo; ojalá que no vaya a suceder nada grave". Sin embargo, el padre Segundo Benedicto retornó hasta el escritorio. Se acomodó caviloso en la silla, pues ahora algo en su interior lo inquietaba, era como si una premonición imposible lo acechara. El calor de aquel medio día era gravitatorio, y el pueblo había estado tranquilo, apenas interrumpido en su sosiego por la llegada inesperada de los soldados.

 Hacía muchos años que el padre Segundo Benedicto había llegado al pueblo, no sin antes causar  el estupor inicial de sus habitantes. Era tan descomplicado, tan semejante a cualquiera de sus feligreses, que parecía imposible creer en el sacerdote que había llegado a remplazar al antiguo, vetusto y ortodoxo cura predecesor. Al comienzo nadie se podía acostumbrar a verlo sin sotana, compartiendo al máximo la vida de los habitantes como un parroquiano cualquiera, y hasta departiendo una que otra cerveza en alguna reunión familiar. Era, entonces, tan distinto a su antecesor, que más bien parecía un jovencillo de cara feliz y rebelde que de repente se colocaba los sagrados ornamentos y recitaba la misa con un entusiasmo agreste. Pero su alma virtuosa y humilde lo había convertido, al cabo del tiempo, en el ídolo indiscutible del pueblo, soportando, como todos, las tribulaciones, pero enfrentándolas con soberbio tesón. Desde entonces, en las homilías predicó la caridad, reivindicó el derecho de los desposeídos, invitándolos a comprender su propia situación, y no fueron pocas las veces que denunció las injusticias de los poderosos, que someten al hambre cotidiana y al sufrimiento diario a quienes nada poseen. Pero su misión de pastor que favorece a los más desvalidos le acarreó innumerables problemas y críticas virulentas de los favorecidos con el potosí de la injusticia, quienes lo señalaron con el dedo como un cura traidor y comunista. Pero el padre Segundo Benedicto seguía amando a los humildes, compartiendo su vida y reclamando sus derechos, porque Jesús siempre estuvo con los pobres y jamás con los reyes, porque Jesús predicó la justicia y jamás, la injusticia. Así que en medio de su arriesgado valor, soportó cualquier sarta de injurias de los enemigos de su misión pastoral, pero jamás vaciló ante sus propias convicciones, y, por el contrario, después de cada nueva embestida,  como tampoco claudicó para predicar la fe que lo invadía.

Por eso aquel día, el padre Segundo Benedicto había sentido en el ambiente un anuncio extraño. No era un buen signo que los soldados aparecieran de repente en el pueblo y armados como para una guerra mundial, tal como los había visto llegar. "Pueda ser que esto sea un asunto rutinario", se dijo para sus adentros dándose ánimo. Se incorporó del escritorio y comenzó a caminar en torno al mueble, colocando las manos atrás, sobre el final de la espalda, visiblemente preocupado. Era que si no supiera cuánto tiempo hacía que los soldados habían llegado al pueblo. De repente la puerta sonó.

– Adelante, está sin seguro –, indicó el padre.

Tras el marco de la puerta apareció Matías Changú, el sacristán de la parroquia. El sacerdote no dejó de sorprenderse al verlo tan agitado; ni siquiera tuvo tiempo para preguntar qué sucedía, porque los gritos del sacristán invadieron como un torrente imprevisible el despacho parroquial.

– ¡Padre, se han llevado a Miguel Alférez, se lo han llevado los soldados!

El rostro del religioso se ensombreció rápidamente, giró la cabeza bruscamente y dio un golpe con el puño sobre el escritorio.

– ¡Lo dicho, los soldados no podían traerse nada bueno!

– Parece que los soldados se han instalado en un campamento cercano al pueblo. Para ese sitio se lo han llevado. La familia Alférez está desesperada, pues algo malo puede ocurrir.

El padre Segundo Benedicto tomó un poco de aire, y en señal de angustia, se refregó las manos entre sí violentamente. Luego movió la cabeza en señal negativa y dijo:

– No permitiré que se cometa una injusticia más. Veré qué se puede hacer para ayudar a ese muchacho. 


II 

El pueblo era caluroso, embutido entre frondosos arbustos, en donde sobresalía, como en todos los pueblos, las torres del templo, altas y blancas, como queriendo abrazar el cielo. Los camperos de los soldados se acercaban entre la polvorienta carretera. Era una misión encomendada al teniente Bocanegra, hombre áspero en el crudo y desapasionado trabajo de reprimir en nombre de la libertad de la Patria. Venían cinco camperos y una camioneta militar.

– Ya estamos llegando — indicaba el teniente Bocanegra –, es mejor rodear el pueblo. No debemos permitir que nadie salga sin sus debidas explicaciones.

– Como ordene, mi teniente.

La caravana fue entrando al pueblo. De inmediato varios de los soldados descendieron de los vehículos, y fusiles en mano, rodearon el villorrio, tal como si fueran a atrapar al peor de los criminales. Pero la gente del pueblo no se inmutó, estaban acostumbrados a soportar el hostigamiento cotidiano de una guerra imposible y jamás declarada desde el mismo momento en que la ignominia subió al poder disfrazada de casto caballero, eso sí, ayudada por los amos gringos. Todos sentían la pesadilla tan próxima a sus vidas, que se habían acostumbrado a vivirla sin sobresaltos, a desmenuzarla en la lucha cotidiana contra el terror. La guerra se había hecho tan común y tan afín a sus vidas que parecían no sufrirla.

Tres camperos cruzaron la plaza del pueblo, dejando detrás de sí una estela de polvo. De repente se detuvieron enfrente de la casa de Miguel Alférez.

– Es aquí –, gritó el teniente Bocanegra, levantando la mano para que los automotores se detuvieran a su imperiosa señal.

Varios de los vecinos voltearon a mirar hacia atrás, sintiendo, entonces, el calor de aquel día más suyo y próximo.

Los soldados descendieron, mientras por la plaza venían otros militares.

–¿Golpeamos, mi teniente? –, preguntó un soldado de ojos tristes.

– ¿Qué dice? — gritó el oficial –. ¡Con esta gente no se puede tener consideración alguna! ¡Derriben esa puerta!

Los soldados se impulsaron con toda la fuerza de sus cuerpos. El primer choque fue estridente. El teniente Bocanegra levantó la metralleta y disparó sobre el portón de madera barroca. Se escucharon algunos gritos adentro. Los soldados se impulsaron nuevamente. La puerta crujió en medio de una agonía pertinaz, y casi se desmoronó pulverizada por el instinto sangriento.

Los soldados entraron en estampida, con las armas listas a disparar.

– Tengan cuidado — sugería el teniente Bocanegra –, recuerden que lo queremos vivo, vivito.

La madre de Miguel Alférez fue la primera en aparecer en el saloncito decorado con pintura barata, ella tenía el rostro atribulado, y mostraba su desesperación colocándose las manos en la cabeza.

–¿Qué quieren los señores?–, preguntó sin creer aún lo que estaba viendo.

– ¿Dónde está Miguel Alférez? –, preguntó el teniente.

Por unos instantes la señora titubeó. El teniente Bocanegra se sobrepuso del impacto inicial. Se abalanzó escaleras arriba, empujando violentamente a la madre de Miguel Alférez, pero su esfuerzo fue inútil. El muchacho estaba al comienzo de las escaleras, en el segundo piso, mirando la insólita escena de manera serena. El teniente Bocanegra se estremeció.

– ¿Es usted Miguel Alférez?

– Usted lo ha adivinado, teniente.

– ¡Muy chistoso el hijueputa! –, gritó el teniente, mientras hundía el cañón de la metralleta en el vientre de Miguel Alférez.

– No le haga daño, por Dios –, gritó desesperada la madre del joven.

El teniente Bocanegra se volteó despectivamente hacia la señora.

– Tranquila, vieja, a su hijo no le pasará nada, nada, si obedece, claro está. Somos la autoridad legal y debe obedecer.

Hubo un silencio profundo y triste, unas miradas incomprendidas de los soldados que apuntaban en signo de precaución e idiotez sus fusiles. Miguel Alférez se había repuesto del impacto, estaba de pie, inmutable, poderoso y grande. El teniente Bocanegra lo hizo descender por la escalera a empellones. De nuevo los gritos y súplicas de la mujer se dejaron sentir en el ambiente. Adentro, en uno de los cuartos, una muchacha oculta dejó escuchar sus sollozos. Se había escondido para que los soldados no la vieran y se la llevaran para degradarla, para convertir su cuerpo en un pavoroso cóctel de placer.

Los soldados apuntaban amenazantes al cuerpo de Miguel Alférez, pero había una calma tensa. Miguel Alférez salió sin oponer resistencia, tal vez seguro de su destino. Afuera la gente se había aglomerado, y los soldados de atrás luchaban por dispersar la repentina multitud. El teniente Bocanegra se quedó mirando hacia la calle.

– Este pueblo de mierda es de puros rebeldes –, dijo desconsolado.

A empellones, Miguel Alférez fue subido a uno de los camperos militares que inmediatamente fue rodeado por los soldados, muchachos pobres venidos de lejanas montañas con el hambre y la injusticia pegada a las espaldas como una maldición inevitable. Los vehículos emprendieron la marcha. Los soldados de a pie avizoraron las casas tristes del pueblo, en donde no podía habitar sino la pobreza embadurnada de un inconformismo que hostigaba el alma. El calor se hacía mucho más intenso. Matías Changú salió presuroso hacia la iglesia.

 

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