I-3.
Donde se cuenta cómo míster Weevil, al leer una historia cosmogónica del Amazonas, termina por creer que lo narrado allí es real; por eso se decide ir en búsqueda del Imperio de la Esmeralda Legendaria al Amazonas, en Colombia
Al comienzo la nada existía y el universo era solamente una mancha oscura, extendida a través de la nada. Más arriba de la nada, habitaba el gran dios Kirey con su corte, en la inmensidad de los cielos. El dios Kirey decidió crear el mundo, dándole forma de un bosque hermoso. Entonces, él creó una inmensa cantidad de huevos, fecundándolos con un rayo desde sus manos, y los colocó en una enorme barca que atravesó el espacio hasta llegar a la tierra. El mismo dios Kirey enterró los huevos en lo más profundo de Hahuanaca[1], para que el calor del sol los eclosionara. Al poco tiempo, y después de que un gigante saltara sobre la tierra, con el fin de ayudar en el proceso, los huevos rompieron su cascarón y de ellos salió Mukán, el primer hombre o morsh, y Mukana, la primera mujer o morshia. De los demás huevos, surgieron el resto de animales que poblaron la selva. La especie humana se fue a vivir a un reino en donde tenían de todo, comida y felicidad. Pero la especie humana quiso revelarse, porque vieron al gigante y quisieron ser como él, por eso el dios Kirey los castigó, enviándole terribles inundaciones producidas por diluvios, desbordamiento de todas las aguas y de todos los ríos.
El sol se apagó junto con los otros astros que pueblan los cielos. Cuando la inundación del mundo concluyó, los pocos hombres sobrevivientes, que eran los buenos y justos, levantaron su corazón con fervor hacia los cielos, aún obnubilados por los últimos arrestos de las catastróficas tormentas que acabaron con la mayor parte del mundo. Los hombres imploraron clemencia a los dioses del firmamento que, entonces, se habían escondido a la vista de los hombres, y hasta habían eliminado los monumentos que, antes del diluvio, los injustos habían levantado en su honor. En una noche serena, apacible y matizada de estrellas fugaces, el cielo se llenó de luces extrañas y multicolores, se iluminó como si el sol se hubiera escapado del día hasta la misma noche. Entonces, todos los hombres huyeron de sus guaridas, corriendo como desesperados para protegerse de lo que, según pensaban, era una lluvia de fuego, un nuevo castigo que las divinidades lejanas le enviaban a la humanidad. Se vieron escenas de terror, se oyeron gritos de espanto, y no se encontraba por ningún sitio un lugar seguro en dónde refugiarse. Repentinamente, la cúspide celeste se abrió como si tuviera una gran puerta, y se dejó escuchar una voz tan fuerte que parecía de mil truenos juntos. Los hombres detenían su dislocada carrera ante el imperativo, se arrojaban contra la tierra, volvían los ojos hacia el cielo e imploraban clemencia. Entonces, la voz les dijo: “Yo soy Kirey, creador de la tierra con los hombres, los animales, las plantas y las cosas; también soy el creador del cielo con el sol que es mi representante en el cielo, la luna, las estrellas, las nubes, el viento y la lluvia, soy Kirey y haré de ustedes mis hijos predilectos, por eso, de ahora en adelantes, se llamarán kirey-hum, que quiere decir hijos de Kirey. Como siempre no podré estar al lado de ustedes, y como ustedes me deben adoración y respeto por ser mis hijos, les mandaré una gran piedra verde para que ella me represente en la tierra, y para que los rayos del sol, que me representa en los cielos, al chocar y reflejarse contra la gran piedra verde, sea la forma de comunicarnos directamente, hijos míos. Ustedes me adorarán y elevarán sus plegarias al cielo, y yo les daré fuerza, trabajo, buenas cosechas y mucha felicidad”. Cuando Kirey terminó de hablar, de inmediato se oyó un ruido mayor por toda la tierra y por todo el cielo, y la luz blanca se volvió verde como los campos y las selvas. Entonces, los hombres vieron venir desde las estrellas la gran piedra verde que Kirey les mandaba como su representación. Los hombres hicieron un gran círculo, sin temor de nada, porque las palabras de su dios les habían devuelto la confianza y el primitivo valor. Cantaron y bailaron en honor al dios que los había declarado sus hijos predilectos. La enorme piedra verde descendió del cielo y se posó lentamente sobre la tierra, como sostenida por una mano omnímoda e invisible, emitiendo los poderosos destellos verdes que reconfortaron a los hombres, porque desde el sol hasta la piedra viajaba el espíritu del dios Kirey. Inmediatamente, todos los hombres comenzaron a adorar a la gran piedra verde, diciendo que los kireyhum, o hijos del dios Kirey, se sentían profundamente agradecidos con su protector por haberse acordado de ellos, a pesar de las anteriores culpas. La gran piedra verde se iluminó con mayor intensidad y, entonces, del cielo cayeron rayos sobre ésta e imprimieron signos, que eran las leyes que los hombres debían cumplir, y que estaban escritas en unos jeroglíficos que sólo los chamanes sabían leer. En las leyes de su dios, Kirey les ordenaba no matar, no robar, no mentir, honrar a los padres y mayores, no realizar actos impuros, hacer sacrificios y rendir tributo y adoración al dios protector. Desde entonces, los kireyhum adoraron a la gran piedra verde que representaba a su dios aquí en la tierra y, con denuedo y trabajo, comenzaron la construcción de su imperio. El imperio de los kireyhum se extendió hasta donde hubo tierra y llegó hasta el mismo mar. Se nombraron poderosos keres, o grandes señores para que gobernaran el imperio en representación de Kirey. Los postulantes a keres eran llevados delante de la gran piedra verde para ver si tenían la aquiescencia del dios Kirey, y, de ser así, en medio de una gran ceremonia y con un baño de oro en polvo sobre una balsa que atravesaba un lago cercano, el nuevo kere era ungido como señor del imperio y gobernante de todos los hombres. Pasaron los soles y las lunas y el imperio se hizo poderoso, y los kireyhum construyeron en medio de la selva una maravillosa ciudad de piedra como capital de sus grandes extensiones imperiales. La ciudad maravillosa fue llamada Kubiquenchua, que significa corazón del reino, y en sus palacios se guardaron los más inimaginables tesoros traídos de las conquistas por todo el mundo. En Kubiquenchua se erigió el palacio de los keres, se construyó un templo de rocas marinas en donde se colocó, a cielo abierto, la gran piedra verde del dios Kirey, que sobresalía hermosa por encima de las murallas. En el templo de Kirey se guardaron los más grandes y hermosos tesoros, y las paredes fueron adornadas completamente con láminas de oro, y las mejores piedras preciosas destellaron como luceros por todo lado. Hicieron túneles subterráneos para guardar los tesoros que no cupieron en el templo, y se construyeron puertas secretas e infranqueables, las que solamente podía abrir el gran señor kere. Con el transcurrir del tiempo, los kireyhum fueron cambiando a causa de las riquezas incalculables y por el poder sobre tan vastos territorios, dejándose vencer por la vanidad humana que los hacía déspotas. Los hombres se fueron olvidando de los mandamientos que el dios Kirey había esculpido mágicamente en la gran piedra verde. Fue tanta la confusión y la maldad de los kireyhum, que el bondadoso Kirey no tuvo más paciencia, enojándose con sus hijos. El dios envió sobre los hombres un castigo implacable, peor a todos los conocidos: El imperio de los kireyhum, también conocido como de los keres, desapareció por encanto. En Kubiquenchua, la gran piedra comenzó a emitir poderosos destellos de calor que hicieron huir a los habitantes por entre la selva primitiva y no por los caminos fantásticos, ya que estos habían desaparecido instantáneamente. Los kireyhum murieron en la selva y jamás tuvieron contacto con otras civilizaciones, despareciendo de la memoria de los hombres, mientras la ciudad sagrada se perdió, sin extinguirse, en otra dimensión del espacio y del tiempo. Aunque la ciudad sagrada con la gran piedra verde, sus templos, palacios y tesoros, todavía existe, ningún hombre podrá encontrarla jamás, porque pertenece a otra dimensión del espacio y del tiempo a donde los humanos no pueden acceder. Los otros kireyhum, los que habitaban fuera de Kubiquenchua y que se les permitió vivir aunque soportando la maldición, retrocedieron en la historia, convirtiéndose en los salvajes más primitivos, mientras que el extenso y ubérrimo valle central de los keres se encantó, llenándose de animales fantásticos y terroríficos que devoraron con avidez las cosechas, patearon las viviendas y obligaron a los hombres a vivir en las cavernas. Muchos han sido los hombres que han querido encontrar el camino que los pueda conducir hasta el valle encantado y perdido en donde se halla la gran ciudad sagrada de Kubiquenchua con sus palacios, sus templos, especialmente el de la piedra verde de Kirey, sus tesoros escondidos en inmensos túneles, pero no lo han logrado, ni siquiera han encontrado el menor vestigio de su existencia. Los exploradores solamente han encontrado la muerte o nunca jamás han regresado porque la maldición de los kireyhum se los ha tragado. Además, Kubiquenchua es un lugar prohibido para los humanos, ya que subsiste entre los arcanos vericuetos del misterio y de los enigmas indescifrables, lejos del espacio y del tiempo de los humanos, apartado de la realidad tangible, existiendo sin existir.
