CAP MANCHÉ Y LA ESMERALDA LEGENDARIA I-2

 I-2

Donde se narra cómo la señora Weevil consulta a su amigo, el doctor Worm, acerca de la locura de su esposo, míster William Weevil

La señora Weevil ha bajado por las escaleras al sentir el repicar del timbre con una insistencia poco cotidiana. Está en bata, con el pelo en un terrible desorden cataclísmico. Se mueve como un hipopótamo, y sus ojos celestes, apenas titilan entre las primeras luces del día, escudriñando la claridad. Mira por el ojo mágico incrustado en la puerta. Ah, el doctor Worm. Se inclina con una venia de antelación y mueve el picaporte para hacer girar la hoja de madera que la separa del doctor Worm. Buenos días, palabrea sin dificultad el rubio doctor Worm tras sus lentes de dinosaurio. Ajá, carraspea la señora Weevil, lo estaba esperando, doctor, y qué pena que me haya encontrado en bata, de verdad que mis quehaceres domésticos no me han dado lugar para arreglarme. Pero, no tiene por qué apenarse, repone el frío doctor Worm, he asistido a escenas más terribles y trágicas. La señora Weevil sonríe con cara de ofuscación mal disimulada, y sus carnes espontáneas y flácidas se echan sobre el sillón envejecido recientemente de la sala. Bueno, señora, ¿y cómo va su esposo?, indaga maquinalmente el doctor Worm, ajustándose con sus manos de gorrión el nudo de la corbata. Está peor, no quiere mejorar, por las noches no hay quién lo aguante, doctor, toda la noche hablando y hablando, imagínese lo horrible, doctor. Suda como si estuviera debajo de la ducha en todo momento, se mueve como si los mosquitos estuvieran picándolo, grita, jadea y, lo peor… lo peor, doctor, ni siquiera se digna mirarme. El pobre Cap quiere morirse de física locura, no hay palabras ni método que lo puedan reconfortar. Imagínese, doctor, es un pobre fracasado, yo lo entiendo, a cualquiera le puede suceder después de lo que le ha luchado, porque, eso sí, ha luchado y luchado y nada, como si nunca moviera un dedo para superarse. El doctor Worm suspira y hace cara de atento y preocupado, es más, de condolido por las palabras que brotan como erupciones volcánicas de la descolgada garganta de misis Mary Fox. Créame, doctor, continúa con su tragedia la señora Weevil, mientras se acomoda el pelo enchurcado, esto me tiene abatida, preocupada, ya no aguanto más lo que le está pasando al pobre Cap, y todo esto le sucede por ser un hombre inteligente, de aspiraciones, suspira lánguidamente la señora Weevil, la gente inteligente, la que vale la pena siempre, sufre y vive llena de insoportables vicisitudes, y cuando fracasan, miren lo que pasa, doctor, enloquecen, se portan peor que niños. Ah, todo el día se la pasa hablándome de sus aventuras, de las que hizo y de las que nunca ha hecho, y, como si fuera poco, no come nada por estar pensando quién sabe en qué. Imagínese, doctor, si el pobre Cap ha pensado en ir hasta la misma Luna, hasta la misma Luna, qué disparate, yo trato de ser comprensiva y de llevarle la corriente, pero siento que me contagio con su vagabundo desquiciamiento. A ratos siento que voy a terminar como él, hablando y hablando, moviéndome por la casa como un reptil, sin hacer nada. Vea no más, doctor Worm, el estado en que se encuentra esta casa, sucia, desordenada, envejecida, con las flores muriéndose de desdicha, los rincones adornados con telarañas e invadidos de polvo, como en una película de terror y como si no existiera una mano bondadosa que moviera esto o aquello para hacer el aseo. Si todo esto sucede en este manicomio súbito, estando yo bien, ¿qué podría ocurrir si estuviera en las mismas del desquiciado de mi marido? Gracias al cielo que no hemos tenido ningún hijo o, mejor, el pobre Cap no puede, si no, esto sería algo más terrible que el mismo infierno con su Satanás y toda su infernal corte. Eso de los hijos, creo que es culpa del pobre Cap… imagínese, hace las cosas sin ganas, sin deseo, se monta como por no dejar de montar, doctor, eso así no da resultado, hay que aplicarle amor, pasión, deseo, todo eso, usted sabe, doctor.

El doctor Worm ha movido la cabeza y se ha sacudido con la mano la nariz. Su rostro no indica agrado o aburrimiento ante la perorata de la señora Weevil. No entiendo por qué el destino se ha ensañado sin compasión contra el pobre Cap. Es un hombre de condiciones, de fuerza de voluntad, de iniciativa. Ah, doctor, si no supiera lo agradable que era cuando lo conocí. Un muchacho alegre, inteligente, sano y un proyecto de hombre grande. Siempre creí en él, en sus indiscutibles capacidades, para que vea ahora, doctor, vea en lo que va quedando el pobre Cap, un despojo de hombre, una ruina ignota, no sé qué más. Y todo por ser él como es.  Parece que no le preocupara nada, tiene aspecto de abstraído, doctor, pero mentiras, porque entre esa cabeza, las ideas le giran vertiginosas y enmarañadas. No tiene la cabeza quieta, piensa que piensa disparates y, lo peor, lo peor, doctor, ya no intenta hacer nada. Ahora lo entiendo, antes hacía algo, algo grande, siempre era puntilloso y emprendía con denuedo lo que se proponía, así me pareciera un disparate, y qué disparate, lo entiendo, doctor, a la gente que trata de hacer algo grande, o que lo hace, los llaman locos, hasta que, al fin, los convierten en verdaderos locos, y nosotros los que creemos estar cuerdos, no los entendemos. A la hora de la verdad, ellos son inteligentes y nosotros los cuerdos, brutos; tan brutos que hasta lo último comenzamos a entender, cuando las cosas están hechas por esos locos, y eso porque ya están hechas, nosotros nunca aportamos nada, solamente reproches, incomprensiones, y nos damos cuenta muy tarde de la realidad. Pero eso sí, doctor Worm, cuando a estos hombres les fracasa todo y el destino les esquiva sus verdaderas posibilidades, ahí sí que se vuelven locos. Revuelven las ideas como amasando de pan. Piensan mil cosas sin pensar nada concreto. Se enloquecen. ¡Enloquecen! Y eso, eso exactamente es lo que le pasa al pobre Cap. De repente el doctor Worm se ha movido intrigado, escudriñando el rostro de la señora Weevil con perentoria ansiedad. Perdóneme, señora Weevil, que me inmiscuya en asuntos más personales y que no vienen al caso, pero quisiera saber ¿por qué motivo usted llama al señor Weevil, Cap y no, William? La señora Weevil se sobresalta, mueve las manos con inquietud de añoranza y enciende un cigarrillo, después de haberle ofrecido uno al doctor Worm, quien no lo aceptó. Nada de nicotina, y gracias por el cigarrillo, señora Weevil, contestó el doctor Worm. Es una historia triste y, a la vez, chistosa, una tragicomedia, diría yo. Los ojos del doctor Worm comienzan a rutilar de manera diferente, a medida que estira el pescuezo como queriendo atrapar las palabras de la señora Weevil. Aquí comprobará, doctor, que en esta aventura los síntomas de Cap comenzaban a fecundar. La semilla de su locura comenzaba a germinar. ¿A qué persona sana, cuerda o inteligente como él se le iba a ocurrir que Don Quixote hubiera podido existir de pura verdad? ¿Ah, doctor? ¿A quién, doctor? Sólo a él, a él y a nadie más. Ahí se gastó todo el dinero que se había ganado en la compañía de seguros. En ese momento fue cuando empezó nuestra verdadera ruina. Ta tááááta ta ta taááá ta ta  tatatatá ta ta tatá. Revolcó las alfombras con sus pasos de triunfo y volteó sin apelación el mobiliario. Y yo no tuve más remedio que asustarme y esconderme entre el clóset por temor a que fuera a terminar conmigo de tanta alegría que lo había enloquecido de remate. ¡Qué tragedia, doctor! Subió hasta nuestra alcoba y me buscó desesperado, malhumorado, como en pocas ocasiones solía vérsele. Y yo entre el escaparate temblando de miedo. Y él afuera haciendo resonar las ollas y los pocillos con mayor insistencia. Mary, escúchame, ¿en dónde diablos te has metido? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué te escondes de tu bello genio? He descubierto algo sensacional, algo que nos dará fama y dinero sin límites, más, mucho más que la compañía de seguros. Sal de tu escondite, mi querida Sancho Panza. Sal a conocer el camino hacia la gloria, el derrotero hacia el triunfo. Sal a ver el nuevo sol de la victoria. Y yo adentro muriéndome de terror, doctor, sin saber, en definitiva, qué era lo que pasaba con el pobre Cap. Yo muerta de miedo, doctor Worm. Entonces, el pobre Cap enloqueció de ira. Golpeó todo, rompió el espejo del tocador, rasgó las sábanas y amenazó con echarle fuego a la casa si yo no salía de mi escondite. Ahí sí que me asusté más, doctor, entonces, comencé a dar voces de auxilio. Y él afuera gritando, hasta desgañotarse, que para qué tenía mujer. No sirves para nada, Mary. ¡Sal ya mismo de ahí! De ahíííííííí. Mary, te voy a dar la buena nueva. Marucha, he hecho el descubrimiento más grande del siglo. Sal de ahí, Marucha, o te saco a punta de candela. No tuve más remedio que hacerlo, doctor, y en medio de un temblequeo de horror, salí. Entonces, lo pude ver tirado en el piso, entre los vidrios del espejo y los pedazos de loza, riendo a carcajadas y los ojos brotados de felicidad vesánica. ¡Qué tragedia, doctor! Yo quedé petrificada contra la pared, mirándolo sin entender, no podía entender nada, pues el miedo de ver al pobre Cap en semejante estado no me dejaba entender nada. Yo veía todo nublado, lleno de un polvo de otro mundo, un polvo más triste y desconocido, doctor Worm. De repente, comenzó a silenciarse, a volver por las buenas rutas de la cordura. Esto me iba devolviendo la tranquilidad. Mira, Mary, me he puesto serio para que entiendas que no estoy loco, y que no estoy haciendo locuras y que ni tampoco las voy a hacer. Sentí, entonces, que el mundo se hacía más real, y que las esperanzas del buen sentido y del buen juicio retornaban a esta casa inundada por la desmentizada del pobre Cap. Hizo su antigua cara, la misma cara de hombre inteligente y emprendedor. Pensé por un momento que nos habíamos salvado. Posiblemente el pobre Cap había echado atrás todos sus malos propósitos. Así, doctor, que me dispuse a escucharlo, esperanzada en que toda esta terrible tormenta había concluido por fin, después de que casi me ahoga en turbonadas.  Ya lo he decidido, Marucha, me dijo el pobre Cap, me voy. Me sorprendí. ¿Para dónde podía coger el pobre Cap? No hice cara de asombrada, y continué expectante escuchando lo que me decía. 

 

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