Llegada y recibimiento de Cap Manché y su comitiva empresarial a un pueblito olvidado llamado Barnillo, el cual tuvo una mejor época durante la era de los caucheros en el Amazonas
Cierto día los vimos llegar al pueblo por entre la carretera polvorienta, cargando sus corotos en un campero viejo y crujiente, y en una camioneta verde que parecía desbaratarse por entre las piedras de lo que siempre habíamos soñado que fuera la autopista al interior, y que tanto se cansó de prometernos el señor presidente cuando apenas era candidato y quien un día llegó a Barnillo, se paseó por entre el barro de nuestras calles, se metió indecentemente a nuestras cocinas y se hizo servir café de las señoras en pocillos desportillados y desorejados, y, luego, se marchó por ese camino polvoriento, prometiéndonos, con sonrisa de ángel, que regresaría siendo ya presidente por allí mismo, pero no sobre la tierra y las piedras, sino sobre la esplendorosa autopista de la selva. Nosotros imaginamos lo mejor, pusimos tanta fe en esta obra que de verdad necesitamos, y a como dio lugar votamos por aquel hombre que nos pareció humilde y nuestro, pero, poco a poco, bajo el poder de un maravilloso olvido, nuestros esfuerzos e ilusiones fueron inútiles, porque, a lo mejor, hubo algunas otras obras de mayor importancia o porque, como ya sucedió una vez, el dinero se lo robaron entre los constructores y los funcionarios encargados de otorgar el contrato. Por eso, aquella vez cuando vimos llegar por el mismo camino a los gringos, no ocultamos nuestra desconfianza y nuestro escepticismo. Nos hemos preguntado infinitas veces para qué les podemos servir, si apenas somos una región apartada y selvática en donde nadie se va a fijar y en donde nadie va a poner sus ojos más que para obtener su propio beneficio. Siempre hemos vivido cargados de ilusiones que, posteriormente, se transforman en desesperanza y en un tedio consuetudinario. Sin embargo, aquella vez, el señor alcalde, don Anicio Cervantes, en un alarde sin precedentes y confiado de que esta vez sí se iba a cumplir, recibió a los gringos de la caravana, dos calles antes de llegar a la plazoleta central, convenciéndolos para que se devolvieran, con la promesa de hacerles un recibimiento como era debido.
―Cuando sientan la pólvora y la música, pueden entrar al pueblo ―les dijo en tono imperativo.
―¡Okey, okey, míster!―sonrió victorioso Cap Manché, moviendo su mandíbula enorme y cuadrada, fustigando entre sus muelas un trozo de chicle.
Los pocos integrantes de la escuálida caravana se devolvieron, mientras don Anicio Cervantes corrió presuroso hasta donde el padre Davincio, sacándolo, casi por la fuerza, de la sacristía, gritándole de puro contento que, al fin, los sueños del desarrollo para Barnillo y, en general, para toda la región, habían llegado con los forasteros al mando de Cap Manché. Casi a saltos de liebre, traspusieron la plazoleta central rumbo al colegio de las hermanitas y, luego, a la destartalada y goteante escuela municipal, en donde hicieron parar a los niños de las bancas construidas por ellos mismos con los guacales, ordenaron a los maestros sin sueldo desde hacía mucho tiempo, que, muy rápidamente y en el término de la distancia, prepararan con sus alumnos el mejor desfile para el recibimiento de la caravana.
―Y ojalá que sea mejor que cuando vino el señor presidente cuando era candidato. Esta vez sí nos van a cumplir ―sentenció el alcalde.
El padre Davincio movió la cabeza en señal afirmativa y cómplice. De inmediato se armó un alboroto por todo Barnillo, y los tres policías somnolientos por el hastío del calor tropical desempolvaron la bandera patria, se limpiaron las polainas con un trapo húmedo y salieron, también, al encuentro de la caravana devuelta, que esperaba en un recodo del inhóspito y agreste camino que, según parecía, se proponían transformar en la maravillosa autopista a la selva que desde hacía mucho tiempo nos tenían prometida. Los niños se acomodaron en las aceras de cada lado de la única calle que Barnillo tiene medio decente, porque allí hay menos tierra, ya que el paso cotidiano de las bestias, los colonos displicentes y de los indios temerosos, han sentado el polvo, convirtiéndolo en una extraña pasta, mezcla de sudor, de boñiga, de agua y desilusión. La hermana Cleo sacó el vetusto y gigantesco acordeón, que casi parecía torcerle y acabarle las espaldas, y con su hermosa voz, comenzó a cantar la misma canción de la vez que vino el señor presidente: “Te damos con amor la bienvenida”, mientras las niñas del coro repetían: “que tu compañía sea paz y alegría”. Según dicen, esa canción la compuso ella, pero la monjita nunca ha desmentido o afirmado el rumor; ciertamente, ya se ha lucido varias veces con su canción de bienvenida, aunque los efectos posteriores que siempre esperamos, no se hayan visto por ninguna parte y durante ningún tiempo. De todas formas, ella siempre tiene la mejor disposición para realizar sus objetivos. Celedonio Ortiz hizo sonar los voladores, las banderitas de los niños ondearon graciosamente, y fuimos varios los que nos acomodamos en los desvencijados portones y ventanas para darle la bienvenida a la caravana de Cap Manché, a pesar de que no conocíamos los objetivos reales del extranjero en Barnillo, ya que solamente nos habíamos atenido a las suposiciones de don Anicio Cervantes, quien aseguró que ellos eran los encargados de realizar el Plan Maestro de Integración Amazónica, con el único fin de incorporar a toda la región al desarrollo de la nación, de crearle su propio progreso sin llegar a perder o menoscabar la infinidad de recursos naturales que en ella hay, y sin despojar a sus habitantes de sus costumbres, tradiciones y modo de vida; bueno, algo más o menos así fue lo que dijo el señor presidente cuando era candidato, pero de eso ya hace mucho tiempo, porque ahora el señor presidente como que es otro, que cuando fue candidato no vino por aquí.