LA ACERA DE ENFRENTE


Hay que reírnos de la vida

para hacerle el quite al dolor

 

Juvenal, quien le hacía gala a su nombre, pues siempre era alegre, dicharachero y nos hacía reír con sus apuntes frescos, talentosos y suspicaces, se incorporó de la mesa en donde departíamos unas cervezas heladas.

-¿Y por qué te vas? ¿Tómate la otra?

- Tengo que comprar algo urgentemente –remató Juvenal en medio de una tremenda carcajada.

Apenas nos miramos los unos a los otros.

-¿Regresas pronto?

-¡No! –gritó sonrientemente, mientras con la mano derecha nos hizo pistola.

Todos nos reímos.

-Definitivamente es un fresco al que no le duele ni una muela.

-Parece eterno, no le pasan los años.

-Esa alegría permanente, ese humor continuo y la soltería lo mantienen vivo y rejuvenecido, juvenal, como su nombre.

Los vimos cruzar la calle y desaparecer con su paso alegre y altivo en la esquina.

-Ese loco ya vendrá.

Al rato lo vimos por la acera de enfrente con una cuerda en la mano. Lo llamamos pero Juvenal nos contestó que tenía prisa porque debía realizar algo urgente.

-¿De cuándo acá, Juve tiene urgencias?

Sin embargo, nuestro amigo no perdía la expresión alegre y dulzona de un rostro definitivamente feliz.

-¿Y para qué esa cuerda? –le preguntamos.

-¡Para ahorcarme! –contestó en medio de una risotada.

Apenas nos miramos entre sí y movimos la cabeza sorprendidos ante la gracia y el humor con que nuestro amigo siempre nos trataba, incluso con ese humor negro 

 

Momentos después, en medio del vaporoso calor de la calle, apareció juvenal de regreso de la casa en donde vivía, portando en la mano la misma cuerda con la que lo habíamos visto antes.

 

 

-¿Y qué, no que dizque te ibas a ahorcar?

-No me alcanzó la cuerda. –contestó mientras reclamó una cerveza bien fría.

-¡Siéntate, pues, hombre!

-Tengo afán, debo ir a cambiar la cuerda por una más larga; así que me tomo esta pola al chorro y salgo volando. –dijo Juvenal sin perder la sonrisa.

Y Juvenal no se sentó, sino que prácticamente de un solo sorbo se libó la cerveza, colocó la botella sobre la mesa y, ríanse, se despidió de mano de cada uno de nosotros como si jamás fuese a regresar.

-¡Deje la vaina, loco! –le reprochamos en medio de las burlas y las risotadas, pero él no se inmutó, sino que continuó despidiéndose de mano, con fuertes y decididos apretones.

-Adiós, locos, voy a cambiar la cuerda.

Nuevamente lo vimos desaparece en la esquina, y nuevamente lo vimos retornar, pero por la acera de enfrente.

-¿Te cambiaron la cuerda?

-Sí. –contestó Juvenal desde el otro lado.

-Ojalá esta sí te alcance.

-Eso espero

El tiempo pasó, la noche llegó con sus maldades y tribulaciones, y cuando, en medio de una sordina mental producida por la cerveza, estábamos dispuestos a levantarnos de la mesa en donde prácticamente habíamos estado todo el día, cuando supimos lo impredecible. Nunca lo imaginamos, porque era totalmente imposiblemente de creer…  la dueña de la casa en donde vivía Juvenal se acercó aterrada hacia nosotros, dando alaridos de horror.

-Juvenal, Juvenal se ahorcó en el baño, muchachos.


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