Hay que reírnos de la vida
para hacerle el quite al dolor
Juvenal, quien le hacía gala a su nombre, pues siempre era alegre, dicharachero y nos hacía reír con sus apuntes frescos, talentosos y suspicaces, se incorporó de la mesa en donde departíamos unas cervezas heladas.
-¿Y por qué te vas? ¿Tómate la otra?
- Tengo que comprar algo urgentemente –remató Juvenal en medio de una tremenda carcajada.
Apenas nos miramos los unos a los otros.
-¿Regresas pronto?
-¡No! –gritó sonrientemente, mientras con la mano derecha nos hizo pistola.
Todos nos reímos.
-Definitivamente es un fresco al que no le duele ni una muela.
-Parece eterno, no le pasan los años.
-Esa alegría permanente, ese humor continuo y la soltería lo mantienen vivo y rejuvenecido, juvenal, como su nombre.
Los vimos cruzar la calle y desaparecer con su paso alegre y altivo en la esquina.
-Ese loco ya vendrá.
Al rato lo vimos por la acera de enfrente con una cuerda en la mano. Lo llamamos pero Juvenal nos contestó que tenía prisa porque debía realizar algo urgente.
-¿De cuándo acá, Juve tiene urgencias?
Sin embargo, nuestro amigo no perdía la expresión alegre y dulzona de un rostro definitivamente feliz.
-¿Y para qué esa cuerda? –le preguntamos.
-¡Para ahorcarme! –contestó en medio de una risotada.
Apenas nos miramos entre sí y movimos la cabeza sorprendidos ante la gracia y el humor con que nuestro amigo siempre nos trataba, incluso con ese humor negro (más…)