Por un momento se sintió como una madre desnaturalizada, pero jamás llegó a imaginar lo que aquel miserable, que estaba detrás de los barrotes, iba a significarle. Era un medio día intenso, agobiante y soleado, y él tenía el prodigio de soportarlo todo; soportaba el calor y hasta la misma muerte, que merodeaba furtiva en cada palmo de aquel pueblo misterioso, maldito y perdido, como una vana ilusión, entre las montañas inhóspitas. Era un pueblo del que sólo tenían conocimiento sus habitantes, desdeñados y palúdicos, hipnotizados por la magia omnímoda de su alcalde. No existía en los mapas ni mucho menos en el presupuesto del gobierno, y más bien parecía una equivocación de la materia. A él solamente le bastaba mover un dedo para mandar, y, entonces, toda aquella cantidad de harapientos caían en el piso, como fulminados por un rayo zeuciano. Siempre lo habían visto con su bigote mazamorrero, su barrigota de señora embarazada, repleta de licor; lo habían visto con sus botas texanas, y los pocos que lo conocían más allá de los límites insospechados del municipio, llegaron a compararlo con uno de esos cherifes del oeste americano. Así que la realidad no solamente era una de esas odiosas comparaciones, sino algo más abracadabrante y acerbo. Él era la ley suprema, la voz dominante, el temor envuelto entre ese temor destemplado, poroso y rojizo. Siempre había sido el alcalde, y como el pueblo había desaparecido con la magia indisoluble del descuido, no había existido una autoridad mayor que él capaz de removerlo de su eterno cargo de sicario. Y en la forma más profunda, a los habitantes del pueblo no les cabía la idea de tener como jefe a uno distinto a él, y mucho menos que quienes lo mantenían en el olvido, fuesen a hacer dicha suplantación. Le temían hasta el desmayo, pero aquel era un canguelo acostumbrado y cotidiano, y no había acción que estuviera supeditada a la vigilancia y control de su minúsculo tirano.