Todos recordarán que Teodosia Fragua fue una solterona riquísima que vivía en una mansión de estilo colonial, atiborrada de veinte cuartos, ocho pasillos, siete salones amoblados al estilo Luis XV, cuatro floreados jardines, un vetusto garaje con un Ford negro de modelo clásico, siete juegos de platería, once vajillas antiquísimas con bordes de oro y plata, una milenaria estufa de carbón, acicalada espléndidamente, hasta el punto de que llegaron a confundir los bordes, las tapas del horno y del calentador con el oro. Desde temprana edad, Teodosia Fragua se dedicó a vivir en la inmensa mansión heredada de sus padres, unos fugitivos extraños, de quien nadie fue capaz de adivinar de qué parte del triste mundo se habían escapado. Siempre se le vio mustia y solitaria, amargada por el placer fugado de su inicua soltería. Y tal vez murió feliz de haber sido durante toda su existencia una virgen caritativa. Se aparecía en la Casa de los Pobres, regalándole unos cuantos mercados a las hermanitas de la caridad. En las navidades recorría en el viejo modelo de carro los barrios marginados, regalando muñequitas y carritos a los niños harapientos que cargaban toneles de agua y arrumes de adobes a la espalda, sostenidos con una tirilla de trapo sucio a la frente. Eran sus mejores momentos, pero repudiaba a los hombres, evitando cualquier contacto con ellos y sintiendo una sensación de grandeza indescifrable cuando podía ejercer su poder sobre ellos. Por eso, extrañamente, jamás tuvo sirvientas en su casa, puesto que siempre fueron hombres apendejados, que debían desempeñarse en el difícil arte femenino del cuidado de un hogar inexistente. Por demás, ella era feliz gritándolos, corriéndolos con el palo de escoba, acobardándolos, haciéndolos sentir como miserables insectos, dignos de ser humillados y hasta destripados. Siempre se sintió ufana de no haber mirado jamás con deseo concupiscente a uno de esos seres toscos y repugnantes del sexo opuesto. Y en medio de ese pundonor, ni siquiera ella fue capaz de verse desnuda durante su existencia, porque se bañaba a oscuras, se cambiaba de ropa a oscuras, orinaba y deyectaba a oscuras con el solo propósito de no violar la maravilla extraviada de su voluminoso cuerpo.
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