A los mortales, ilusos pastores y peregrinos del conocimiento, a los que heredamos una lengua llamada castellano, porque nació en la hidalga y señorial Castilla, en España, y que hoy día, ampulosamente, se denomina español, nos enseñaron desde que con ilusión aprendimos la nuevas letras, que nuestra lengua es hija del latín, una lengua extinta que unos señores guerreros y conquistadores, de origen indoeuropeo, quienes habitaron inicialmente la provincia del Lacio y que conformaron el más portentoso imperio desde lo alto de las siete colinas de Roma. La mayoría de hispanohablantes no sabemos que esta amada lengua, porque nos enseñan a amar lo que heredamos por los caprichos incomprendidos del azar y del destino, es una lengua espuria; bueno, esto parecería una blasfemia, pero en realidad no es más que la pura verdad en su crisol resplandeciente.
No en vano se habló del latín excelso, el de Cicerón, Virgilio y Horacio, por ejemplo, y no en vano quienes alcanzamos a oír misa en latín, nos hicimos a la idea de que aquella lengua sonora era un legado divino, primero heredada de los dioses arios jupiterianos y luego adoptada por un dios persa llamado Mitra que en un alarde dadivoso se la heredó a un emperador llamado Constantino, para que él, con todo su poder imperial, se la cediera a un dios de origen judío de nombre griego, llamado Cristo.