Muy parecido a lo de los "Falsos Positivos", y eso que lo escribí en 1987.
Sólo discurre el tiempo pero no cambia la realidad.
Aquella fatídica noche, Roberto Díaz salió de su casa en compañía de su hermano menor, Germán, para nunca jamás regresar. Aquel día estaba departiendo en su casa de habitación con un grupo de compañeros de la universidad, pues el joven estaba de cumpleaños y celebraba una pequeña reunión con los suyos. A eso de las siete y media de la noche, el licor se acabó y Roberto, como buen anfitrión, a pesar de ser el homenajeado, salió a comprar una botella de brandy en una cigarrería cercana, haciéndose acompañar de su hermano menor, un alegre chiquillo con ojos de inocencia, que apenas tenía trece años de edad. A eso de las seis de la tarde, Roberto se había excusado con todos los presentes para colocarse un par de chancletas, argumentando que la tarde anterior había tenido un rudo partido de fútbol, y que tenía maltratados los pies. Por supuesto que nadie señaló alguna objeción al respecto, Roberto estaba en su casa.
El joven era apenas un estudiante sobresaliente, común y corriente, de esos que se sitúan en el medio sin necesidad de descollar por su inteligencia o por sus falencias académicas. Era poco amigo de la compinchería, y por un milagro llamado novia, había decidido departir en su propia casa, invitando especialmente a algunos compañeros de estudio. En la universidad, Roberto había tenido algunos altercados con los estudiantes más radicales, porque nunca jamás había participado en los mítines y actos de protesta contra la injusticia social que padece el pueblo, y las políticas discriminantes de la institución. Tampoco nadie lo vio alguna vez en los foros de política izquierdista o cderechista. A Roberto no parecía interesarle, en absoluto, nada de esto, y desde que se hizo novio de Marcela, sus relaciones de compañerismo habían descendido ostensiblemente a comparación de los tiempos pasados. Era poco amigo del licor, dejándolo solamente para las ocasiones especiales, bebiendo moderadamente, sin que nadie jamás lo hubiera visto ebrio. Era, pues, uno de esos jóvenes a los que los demás, en el arrebato incontrolable de la juventud, llamaban "extraño", de esos que muy seguramente "llegarán vírgenes al matrimonio".