Archivo de la categoría ‘Cap Manché’

CAP MANCHÉ Y LA ESMERALDA LEGENDARIA I-3 Y I-4

Miércoles, 26 de Mayo de 2010

 

Míster Weevil l escribe a su amigo Franck  Cockroach, quien es un gran empresario gringo en Bogotá, solicítándele que le ayude en el plan que ha fraguado para encotrar La Esmeralda Legendaria. Se narra la llegada de Mr Weevil y su séquito a Colombia, y se da cuenta de las peripecias para lograr el contrato del Plan Maestro, con el fin de financiar su expedición al Amazonas.

 

I-4.

Estimado amigo, míster Franck Cockroach. Bogotá. Después de un largo tiempo me he atrevido a escribirte, confiado y seguro de que te encuentras bien al lado de los tuyos por allá, en esas tierras tan apartadas e incivilizadas, diría yo. Ya sé que se te estará haciendo extraño que yo haya tomado tal decisión, y hasta me atrevo a pensar que puedes estar reprochándome el no haberte escrito desde hace mucho tiempo. Pero, como puedes verlo, no es que valga la constancia y la perseverancia. Yo nunca me he olvidado de ti, pues siempre he tenido un momento a diario para recordarte, estimado Franck. Y no te sonrías maliciosa e incrédulamente, que estoy diciéndote la verdad. Creo que también te pasa lo mismo, pues tú tampoco nunca me has escrito, a pesar de que tienes mi dirección en esta convulsionada Nueva York. Desde hace un par de años, cuando viniste, y que nos tomamos unos buenos tragos y que departimos, como cuando éramos mucho más jóvenes, no hemos tenido la grata oportunidad de comunicarnos, y creo que muy a pesar mutuo. Pero ya entiendo, los negocios, la cotidianidad, el ajetreo, en fin, un mundo de cosas más. Ah, y pensar que me insinuaste que me fuera a Colombia, y yo rechacé cualquier insinuación tuya porque veía mi porvenir, mi mejor futuro en otras latitudes más cultas y civilizadas como Europa, querido Franck; pero ya veo cuánto se equivoca el ser humano, afortunadamente, para todo hay remedio cuando se quiere. Realmente fracasé en mis intentos de hacer algo grande y positivo. Claro está que uno no tiene la culpa, siempre y cuando se proponga hacer las cosas, así no le salgan como es de esperarse. Pero, ¿sabes algo, Franck? Creo que estabas en lo cierto, y yo nunca quise ver absolutamente nada. Hay que buscar el porvenir en donde verdaderamente se pueda, me dijiste aquella vez, y yo me hice el sordo y el desprevenido. He tenido el tiempo suficiente para darte plenamente la razón, digo que he tenido el tiempo suficiente, además de las experiencias; porque, eso sí, para aprender a levantarse hay que primero caerse, o para comer hay que, primero, tener hambre antes.

 

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CAP MANCHÉ I-3

Miércoles, 12 de Mayo de 2010

 

I-3.

Donde se cuenta cómo míster Weevil, al leer una historia cosmogónica del Amazonas, termina por creer que lo narrado allí es real; por eso se decide ir en búsqueda del Imperio de la Esmeralda Legendaria al Amazonas, en Colombia

Al comienzo la nada existía y el universo era solamente una mancha oscura, extendida a través de la nada. Más arriba de la nada, habitaba el gran dios Kirey con su corte, en la inmensidad de los cielos. El dios Kirey decidió crear el mundo, dándole forma de un bosque hermoso. Entonces, él creó una inmensa cantidad de huevos, fecundándolos con un rayo desde sus manos, y los colocó en una enorme barca que atravesó el espacio hasta llegar a la tierra. El mismo dios Kirey enterró los huevos en lo más profundo de Hahuanaca[1], para que el calor del sol los eclosionara. Al poco tiempo, y después de que un gigante saltara sobre la tierra, con el fin de ayudar en el proceso, los huevos rompieron su cascarón y de ellos salió Mukán, el primer hombre o morsh, y Mukana, la primera mujer o morshia. De los demás huevos, surgieron el resto de animales que poblaron la selva. La especie humana se fue a vivir a un reino en donde tenían de todo, comida y felicidad. Pero la especie humana quiso revelarse, porque vieron al gigante y quisieron ser como él, por eso el dios Kirey los castigó, enviándole terribles inundaciones producidas por diluvios, desbordamiento de todas las aguas y de todos los ríos.

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CAP MANCHÉ Y LA ESMERALDA LEGENDARIA I-2

Lunes, 8 de Marzo de 2010

 I-2

Donde se narra cómo la señora Weevil consulta a su amigo, el doctor Worm, acerca de la locura de su esposo, míster William Weevil

La señora Weevil ha bajado por las escaleras al sentir el repicar del timbre con una insistencia poco cotidiana. Está en bata, con el pelo en un terrible desorden cataclísmico. Se mueve como un hipopótamo, y sus ojos celestes, apenas titilan entre las primeras luces del día, escudriñando la claridad. Mira por el ojo mágico incrustado en la puerta. Ah, el doctor Worm. Se inclina con una venia de antelación y mueve el picaporte para hacer girar la hoja de madera que la separa del doctor Worm. Buenos días, palabrea sin dificultad el rubio doctor Worm tras sus lentes de dinosaurio. Ajá, carraspea la señora Weevil, lo estaba esperando, doctor, y qué pena que me haya encontrado en bata, de verdad que mis quehaceres domésticos no me han dado lugar para arreglarme. Pero, no tiene por qué apenarse, repone el frío doctor Worm, he asistido a escenas más terribles y trágicas. La señora Weevil sonríe con cara de ofuscación mal disimulada, y sus carnes espontáneas y flácidas se echan sobre el sillón envejecido recientemente de la sala. Bueno, señora, ¿y cómo va su esposo?, indaga maquinalmente el doctor Worm, ajustándose con sus manos de gorrión el nudo de la corbata. Está peor, no quiere mejorar, por las noches no hay quién lo aguante, doctor, toda la noche hablando y hablando, imagínese lo horrible, doctor. Suda como si estuviera debajo de la ducha en todo momento, se mueve como si los mosquitos estuvieran picándolo, grita, jadea y, lo peor… lo peor, doctor, ni siquiera se digna mirarme. El pobre Cap quiere morirse de física locura, no hay palabras ni método que lo puedan reconfortar. Imagínese, doctor, es un pobre fracasado, yo lo entiendo, a cualquiera le puede suceder después de lo que le ha luchado, porque, eso sí, ha luchado y luchado y nada, como si nunca moviera un dedo para superarse. El doctor Worm suspira y hace cara de atento y preocupado, es más, de condolido por las palabras que brotan como erupciones volcánicas de la descolgada garganta de misis Mary Fox. Créame, doctor, continúa con su tragedia la señora Weevil, mientras se acomoda el pelo enchurcado, esto me tiene abatida, preocupada, ya no aguanto más lo que le está pasando al pobre Cap, y todo esto le sucede por ser un hombre inteligente, de aspiraciones, suspira lánguidamente la señora Weevil, la gente inteligente, la que vale la pena siempre, sufre y vive llena de insoportables vicisitudes, y cuando fracasan, miren lo que pasa, doctor, enloquecen, se portan peor que niños. Ah, todo el día se la pasa hablándome de sus aventuras, de las que hizo y de las que nunca ha hecho, y, como si fuera poco, no come nada por estar pensando quién sabe en qué. Imagínese, doctor, si el pobre Cap ha pensado en ir hasta la misma Luna, hasta la misma Luna, qué disparate, yo trato de ser comprensiva y de llevarle la corriente, pero siento que me contagio con su vagabundo desquiciamiento. A ratos siento que voy a terminar como él, hablando y hablando, moviéndome por la casa como un reptil, sin hacer nada. Vea no más, doctor Worm, el estado en que se encuentra esta casa, sucia, desordenada, envejecida, con las flores muriéndose de desdicha, los rincones adornados con telarañas e invadidos de polvo, como en una película de terror y como si no existiera una mano bondadosa que moviera esto o aquello para hacer el aseo. Si todo esto sucede en este manicomio súbito, estando yo bien, ¿qué podría ocurrir si estuviera en las mismas del desquiciado de mi marido? Gracias al cielo que no hemos tenido ningún hijo o, mejor, el pobre Cap no puede, si no, esto sería algo más terrible que el mismo infierno con su Satanás y toda su infernal corte. Eso de los hijos, creo que es culpa del pobre Cap… imagínese, hace las cosas sin ganas, sin deseo, se monta como por no dejar de montar, doctor, eso así no da resultado, hay que aplicarle amor, pasión, deseo, todo eso, usted sabe, doctor.

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CAP MANCHÉ Y LA ESMERALDA LEGENDARIA

Martes, 16 de Febrero de 2010

Llegada y recibimiento de Cap Manché y su comitiva empresarial  a un pueblito olvidado llamado Barnillo, el cual tuvo una mejor época durante la era de los caucheros en el Amazonas

Cierto día los vimos llegar al pueblo por entre la carretera polvorienta, cargando sus corotos en un campero viejo y crujiente, y en una camioneta verde que parecía desbaratarse por entre las piedras de lo que siempre habíamos soñado que fuera la autopista al interior, y que tanto se cansó de prometernos el señor presidente cuando apenas era candidato y quien un día llegó a Barnillo, se paseó por entre el barro de nuestras calles, se metió indecentemente a nuestras cocinas y se hizo servir café de las señoras en pocillos desportillados y desorejados, y, luego, se marchó por ese camino polvoriento, prometiéndonos, con sonrisa de ángel, que regresaría siendo ya presidente por allí mismo, pero no sobre la tierra y las piedras, sino sobre la esplendorosa autopista de la selva. Nosotros imaginamos lo mejor, pusimos tanta fe en esta obra que de verdad necesitamos, y a como dio lugar votamos por aquel hombre que nos pareció humilde y nuestro, pero, poco a poco, bajo el poder de un maravilloso olvido, nuestros esfuerzos e ilusiones fueron inútiles, porque, a lo mejor, hubo algunas otras obras de mayor importancia o porque,  como ya sucedió una vez, el dinero se lo robaron entre los constructores y los funcionarios encargados de otorgar el contrato. Por eso, aquella vez cuando vimos llegar por el mismo camino a los gringos, no ocultamos nuestra desconfianza y nuestro escepticismo. Nos hemos preguntado infinitas veces para qué les podemos servir, si apenas somos una región apartada y selvática en donde nadie se va a fijar y en donde nadie va a poner sus ojos más que para obtener su propio beneficio. Siempre hemos vivido cargados de ilusiones que, posteriormente, se transforman en desesperanza y en un tedio consuetudinario. Sin embargo, aquella vez, el señor alcalde, don Anicio Cervantes, en un alarde sin precedentes y confiado de que esta vez sí se iba a cumplir, recibió a los gringos de la caravana, dos calles antes de llegar a la plazoleta central, convenciéndolos para que se devolvieran, con la promesa de hacerles un recibimiento como era debido.

―Cuando sientan la pólvora y la música, pueden entrar al pueblo ―les dijo en tono imperativo.

―¡Okey, okey, míster!―sonrió victorioso Cap Manché, moviendo su mandíbula enorme y cuadrada, fustigando entre sus muelas un trozo de chicle.

 

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